Enfoque antropológico del envejecimiento

Desde el punto de vista antropológico, nuestras sociedades derivan el concepto de vejez a partir del proceso de pertenencia al mundo laboral. Todo ello se organiza con base en la edad natural de cada individuo, y no de su sentir ni de su estado de salud

Por Rosa López Fernández (*)

Imagen ilustrativa: Colegio Oficial de la Psicología de Madrid

A partir de una edad arbitrariamente prefijada (en términos generales, 65 años), las leyes en los diferentes países establecen y —en algunos casos— ordenan que los individuos no sigan trabajando. Así, se margina forzosamente a las personas del mundo del trabajo y, en consecuencia, de todo lo que implica trabajar, además de la obligación laboral, de relaciones y prestigio social, de la posibilidad de ascenso y de mejora de la propia autoestima, de una identidad social y de beneficios económicos superiores a los que recibirá como jubilado, en el mejor de los casos.

Se exigen, a la mayoría de los individuos que alcanzan la edad de 65 años, que vivan por debajo de sus posibilidades. Esto se ha justificado con el hecho de que a partir de esta edad se pierden capacidades y hay una disminución en su rendimiento laboral (Fericgla, 2002).

En términos generales se puede afirmar que las relaciones sociales a partir de los 65 años, aproximadamente, se empobrecen con respecto al periodo de vida anterior. Se reduce la cifra de contactos interpersonales en cantidad y —fundamentalmente—- en intensidad, además la forma de las relaciones sociales sufre cambios.

El extremo, por otro lado, es el individuo senil que no puede moverse de la cama o casi, que no dispone de dinero suficiente para pagar a un cuidador y que, por tanto, depende absolutamente de sus relaciones sociales.

Uno de los factores importantes que influyen en el proceso de empobrecimiento de las relaciones sociales de los ancianos es la pérdida casi total de contacto con individuos de otras edades.

Con la jubilación, los ancianos empobrecen sus relaciones sociales, lo cual conduce a que sólo establezcan relaciones con su grupo de edad, distanciándose de otros grupos sociales, a excepción de las que han quedado establecidas con los hijos, nietos y demás familiares. Se ha observado que esta pérdida se da más en hombres.

Otro de los factores por considerar es el desarraigo, entendido por la rotura o disolución de la red social del anciano (es decir, el conjunto de amistades y compañeros de trabajo que lo han acompañado durante toda su vida), como se puede observar en la figura 1, el cual termina separándose del grupo al que pertenecía anteriormente, sea cual sea el motivo, sin integrarse a ningún otro.

Si algún grupo se mantiene durante la vejez es la familia consanguínea. Y dentro de este grupo suele haber un fuerte desequilibrio, ya que los viejos manifiestan su interés de ver con frecuencia a los hijos y nietos, pero este deseo se contrapone con el de las parejas jóvenes de fundar su familia en una nueva localidad, mientras que el anciano permanece residiendo en el mismo sitio con el conyugue, o sólo+ si está viudo.

Así, pues, los individuos jubilados abandonan la mayoría de relaciones sociales mantenidas hasta este momento y aumentan su dependencia de la familia o del grupo con quien comparten mayor intimidad.

El distanciamiento total representa, pues, la máxima disolución y deterioro de las relaciones sociales de un individuo anciano.

Bibliografía:

Fericgla, J. (2002). Envejecer: Una antropología de la ancianidad. Barcelona: Editorial Herder.

(*) Rosa López Fernández

Doctor en Investigación Interdisciplinaria, Coordinadora del diplomado en Cuidados a las personas adultas mayores: retribuyendo a la vida, una visión interdisciplinaria.
Catedrática e investigadora en la Universidad Anáhuac, México. Maestría en Gerontología Médica y Social por el Centro Iberoamericano de Atención a la Tercera Edad.
Investigadora Agregada por la Academia de Ciencias, Licenciatura en Psicología por Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, Cuba.