Las culpas del otro y la inmadurez democrática

Los errores deliberados, como actos humanos, caen, por lo tanto, en el ámbito de la ética…, aunque les disguste a algunos políticos

Por Jorge Santa Cruz (*)

Imagen: ProtoplasmaNiño (Commons Wikimedia)

La madurez de una democracia se mide por la capacidad de autocrítica de cada una de las fuerzas políticas que intervienen en ella.

La perfección escapa a la condición humana; la democracia, por ende, dista de ser un sistema perfecto.

Lo anterior no obsta para que las personas y las instituciones trabajen para elevar continuamente la calidad de la democracia.

La capacidad de autocrítica o la falta de ella inciden, por lo tanto, en la calidad de la democracia.

Los errores involuntarios son inherentes a la condición humana; por tanto, deben aceptarse con ánimo de corregirlos.

Los errores deliberados, como actos humanos, caen, por lo tanto, en el ámbito de la ética (aunque más de dos políticos se sientan incómodos con esto).

Al igual, pues, que los errores involuntarios, deben aceptarse y corregirse; hacerlo con apego a la verdad y la justicia, procurando siempre el bien común.

Culpar al otro, siempre, por sistema, por cobardía, por cinismo, sólo exhibe la falta de valores humanos, nacionales y políticos de quienes se escudan en esta práctica.

En síntesis: el maniqueísmo (ostentarse como bueno, perfecto e impoluto, y colocar a los críticos en el bando de los malos) sólo evidencia la fragilidad de una democracia que lo es más de nombre que de hecho.

(*) Jorge Santa Cruz

Periodista mexicano con 40 años de trayectoria profesional.

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