Ingenuo, esperar algo bueno de las elecciones

El sistema político mexicano ni se crea ni se destruye; sólo se transforma… en apariencia

Por Jorge Santa Cruz (*)

Imagen ilustrativa: Instituto Nacional Electoral

En el caso de México, el año que comienza no promete mucho. El país seguirá dominado por los mismos. El sistema político mexicano opera bajo la máxima materialista de que “la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

El sistema fundado por Plutarco Elías Calles en 1929 (hace ya casi un siglo) se sustentó en el PRI por más de siete décadas. El PAN fue utilizado para controlar a los sectores católicos contrarios al régimen.

La caída del bloque soviético dio paso al modelo neoliberal en el mundo; entonces, en México, el PRI viró del socialismo de Echeverría y López Portillo al neoliberalismo de De la Madrid Hurtado, Salinas de Gortari y Zedillo Ponce de León.

Del Olimpo de Washington (como llamaba el finado Adolfo Aguilar Zínser al gobierno de los Estados Unidos) llegó la orden de que México tuviera una “transición democrática” que engañara al pueblo y acelerara la privatización económica.

Entonces, Zedillo marcó una “sana distancia con el PRI” y entregó el poder al panista, dizque conservador, Vicente Fox Quesada. Éste, entregó el mando a otro panista más neoliberal: Felipe Calderón Hinojosa.

Calderón, a su vez, pasó la estafeta a otro neoliberal aún acelerado: Enrique Peña Nieto. En resumen, el PRIAN gobernó desde la década de los 80 al 2018. Muchos años…

Un expriista, Andrés Manuel López Obrador, obtuvo la Presidencia de la República merced a su aplastante triunfo electoral del 1 de julio de 2018. Este tabasqueño prometió rescatar al país de la crisis en que lo había sumido el prianismo y más de 30 millones de votantes le creyeron.

El expriista López Obrador gobierna al mejor estilo del PRIAN: judicializa la política para perseguir a sus adversarios, utiliza los apoyos sociales para controlar a los votantes cautivos, impide la industrialización del país, favorece a determinados grupos de la delincuencia organizada, siembra la discordia entre los mexicanos y es incapaz de proteger la seguridad y la salud de los mexicanos.

Su partido, Morena, es la revisión corregida y aumentada del Partido Nacional Revolucionario dominado por Lázaro Cárdenas del Río, quien pugnó por convertir a México en una república popular al estilo soviético.

López Obrador domina el Congreso con el concurso de priistas y expriistas. Ricardo Monreal es el factótum en el Senado de la República; Dulce María Sauri Riancho (aún priista) opera para que los caprichos del Presidente de la República se vuelvan ley. Y como en los tiempos de más poder del PRI, AMLO tiene sujeto al poder judicial.

El Presidente de la República tiene muy cerca de él, como un consentido, al operador del fraude electoral de 1988 que puso en el poder a Carlos Salinas de Gortari, es decir, a Manuel Bartlett Díaz. Lo colocó ni más ni menos que al frente de la Comisión Federal de Electricidad, a pesar de las públicas acusaciones de corrupción que se han hecho en su contra.

La CFE puede dejar sin energía eléctrica a más de 10 millones de mexicanos y no pasa nada. Es más, a León, hijo de Manuel Bartlett (el que fue pillado vendiendo ventiladores para enfermos de Covid-19 a un escandaloso sobreprecio) lo habilitaron, de nuevo, como proveedor del gobierno federal. El poder de Manuel Bartlett Díaz dentro de Morena es incuestionable. ¿A qué se deberá?

En síntesis: hoy, el viejo PRI está incrustado en Morena: es el PRIMOR.

¿Qué de bueno se puede esperar de las elecciones del 6 de junio de 2021? Nada bueno. Analicemos los dos escenarios más factibles:

  1. Morena mantiene la mayoría en el Congreso de la Unión. Esto le daría continuidad a su proyecto socialista.
  2. La alianza PRI-PAN-PRD le arrebata el control del Congreso a Morena. Esto devolvería poder a quienes propiciaron con sus inficiencias, ineficacias, traiciones y corrupciones el empoderamiento de Morena.

Dicho de otra manera: “Tan malo el pinto como el colorado”. El sistema político mexicano no se destruye, sólo se transforma… en apariencia.

(*) Jorge Santa Cruz

Periodista mexicano con 39 años de trayectoria.

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