Covid-19 y capitalismo global: la necesidad de un nuevo paradigma

No podemos seguir dándole la espalda a la realidad porque ésta siempre termina por imponer sus condiciones y, cuando lo hace, lo hace de manera irreversible

Por Federico Seyde Meléndez (*)

Imagen ilustrativa: Fernando Zhiminaicela en Pixabay

Estamos por cerrar uno de los años más difíciles y tormentosos en la historia económica del mundo contemporáneo. Si bien es un hecho que la crisis que actualmente enfrentamos tuvo como disparador el súbito e inesperado impacto provocado sobre la movilidad mundial por un potente agente infeccioso y, en este sentido, puede ser considerada como una crisis desatada por un factor exógeno al sistema económico internacional; también es un hecho que la misma ha puesto de manifiesto, y ciertamente lo ha hecho con terrible crudeza, los profundos problemas de carácter estructural que desde hace varias décadas afectan al capitalismo avanzado.

La pandemia del COVID-19 ha provocado una recesión mundial de magnitud semejante a la ocurrida a finales de la década de los veintes del siglo pasado. La superación de esta profunda crisis difícilmente podrá ser duradera si, en lugar de reconocer su especificidad estructural y actuar en consecuencia, se aplican una vez más y de manera mecánica las recetas económicas de siempre. Trascender esta nueva crisis general del capitalismo no solamente requiere de nuevas acciones estratégicas por parte de los Estados nacionales sino también, y de manera fundamental, de una nueva lógica de interrelación entre entidades políticas y económicas a nivel global. Por ello resulta de fundamental importancia analizar a profundidad las diversas circunstancias que determinaron el surgimiento de esta crisis y, de manera especial, aquellas dinámicas de desarrollo y modelos de gobernanza que han provocado una creciente incompatibilidad estructural entre los imperativos reproductivos del capitalismo global por un lado y la reducción de la pobreza y la preservación del medio ambiente por otro.

Lo anterior es particularmente claro en virtud de la convicción, cada vez más difundida tanto en círculos académicos como sanitarios, de que la enfermedad denominada COVID-19 es producto de una zoonosis, es decir, es producto de un agente infeccioso de origen animal que en un determinado momento y como resultado de la convergencia de diversos factores se volvió patógeno para los seres humanos. Es altamente probable que, entre los diversos factores que hicieron posible la aparición del coronavirus conocido actualmente como SARS-CoV-2​, la destrucción sistemática de hábitats propios de especies salvajes provocada por la agresiva estrategia de expansión industrial seguida desde hace varias décadas por el gobierno chino, en el marco de un modelo autoritario de desarrollo económico que bien podría definirse como «capitalismo de Estado», ocupe una posición determinante junto con la persistencia, en el seno de la segunda economía más grande del mundo, de segmentos de población que continúan estando altamente rezagados en términos de desarrollo educativo y sanitario y que, como resultado de ello, continúan incluyendo en su dieta el consumo de carne cruda procedente de animales salvajes.

Si a esta situación económica, política y social agregamos el hecho de que éstas poblaciones, otrora aisladas, tienen hoy en día la posibilidad de desplazarse con relativa facilidad a otras regiones de China, Asia y el mundo, tenemos frente a nosotros todos los ingredientes que hicieron posible la cocción de una crisis sanitaria de alcances globales. En este sentido podemos relativizar la afirmación inicialmente expuesta de que la pandemia del COVID-19 es producto de una dinámica exógena al mundo económico. La verdad de las cosas es que en el mundo actual es sumamente difícil, sino es que abiertamente imposible, establecer fronteras definitivas entre los problemas económicos, políticos y ambientales, y aún más difícil, establecer cadenas simples de causalidad entre diversos fenómenos y procesos históricos. Lo único cierto es que nos encontramos frente a una crisis enormemente compleja cuyo entendimiento habrá de requerir de un enorme esfuerzo de teorización e investigación por parte de la comunidad académica, así como de una cada vez mayor integración entre diversas ciencias sociales.

Así como la gran depresión del 29-33 pudo ser superada gracias al surgimiento de un nuevo paradigma económico-político que puso de manifiesto la importancia que tiene la acción estratégica del gobierno a través del gasto público en la reactivación y regulación de los mercados; la superación de la crisis actual demanda el surgimiento de una perspectiva teórica que resulte capaz de analizar con profundidad la organización y el funcionamiento del capitalismo global, a fin de estar en condiciones de definir con precisión los parámetros estructurales dentro de los cuales éste tiene que operar a fin de resultar compatible tanto con la preservación del medio ambiente como con la generación de un proceso de efectiva y creciente inclusión social.

Estos parámetros estructurales, lejos de ser exclusivamente de carácter económico, son también de carácter político e ideológico. Si bien es cierto que la experiencia histórica del siglo XX puso de manifiesto con absoluta claridad el fracaso de los sistemas económicos centralmente planificados y de las ideologías y sistemas políticos de carácter totalitario que les brindaban respaldo, también es cierto que la experiencia histórica que arroja el inicio del siglo XXI ha demostrado que no podemos seguir manteniendo un sistema de reproducción económica basado en una lógica de competencia mercantil cuyo desenvolvimiento dinámico implica la continua degradación y destrucción de la biósfera y la sistemática exclusión social de la mayoría de la población mundial.

Es por lo tanto necesario modificar las estructuras globales de producción y consumo de forma tal que resulte factible preservar la asignación de recursos mediante un sistema eficaz y eficiente de fijación de precios basado en la estructuración y funcionamiento de mercados competitivos sin que esto implique, como lo ha hecho hasta ahora, la sistemática dilapidación de los recursos naturales, la incontrolada contaminación del medio ambiente y el continuo empobrecimiento de países, regiones e incluso continentes enteros como ha ocurrido en el caso de África. No se trata de cancelar la lógica reproductiva de la economía de mercado, sino de adaptarla a las necesidades de las sociedades actuales. La libertad de los mercados debe mantenerse pero no debe hacerlo de manera indiscriminada. Así como la libertad de los individuos encuentra límites objetivos en los derechos de terceros, es necesario que la libertad de los mercados encuentre límites objetivos en la preservación de los ecosistemas globales y en la necesidad de general y mantener niveles mínimos de bienestar en todos los países del mundo. Este es el reto y plantearlo tal y como éste se manifiesta, lejos de ser un acto de ingenuidad, constituye un acto de valor e inteligencia. No podemos seguir dándole la espalda a la realidad porque ésta siempre termina por imponer sus condiciones y, cuando lo hace, lo hace de manera irreversible. Nuestra civilización literalmente se está ahogando en un creciente pantano de degradación ambiental y miseria.

El mundo actual necesita leyes e instituciones de alcance global que permitan regular la competencia entre entidades económicas y políticas con arreglo a principios y criterios bien definidos de equilibrio social y preservación ambiental. Es importante que la validez de estas leyes y la acción de estas instituciones trasciendan las fronteras, en muchos sentidos anacrónicas, de los Estados nacionales. El concepto mismo de soberanía, como sinónimo de poder estatal supremo y excluyente, que desde la paz de Westfalia ha ocupado una posición central en la configuración y desarrollo del Estado nacional, debe ser revisado a profundidad tanto en términos filosóficos como jurídicos. Lo anterior es particularmente importante en el caso de la explotación económica de regiones que, en virtud de su particular configuración ambiental y dotación de recursos, son fundamentales para el equilibrio ecológico global. En estos casos el principio jurídico de autodeterminación política y económica de los Estados nacionales, cuya dimensión o expresión patrimonial se sustenta doctrinalmente desde el siglo XVII en la idea de que éstos tienen derecho a ejercer un dominio eminente o absoluto sobre la totalidad de su espacio territorial, deja de ser un elemento promotor del equilibrio internacional y la paz mundial, para convertirse en un obstáculo que opera en contra de la estabilidad integral de la biósfera.

Lo anterior implica entender que el crecimiento de las economías nacionales no puede seguir dependiendo de la destrucción de los ecosistemas globales, tal como actualmente ocurre con la expansión de la frontera agrícola en la Amazonia y con la explotación de recursos minerales y energéticos en Manchuria, Siberia y Alaska, cuatro regiones del mundo que, por su magnitud e importancia en términos geo-ambientales, deben ser reconocidas como patrimonio de la humanidad entera y administradas en consecuencia por los Estados que, por diversas razones históricas, detentan soberanía sobre ellas. La actual crisis económica y la permanente amenaza que a partir de ahora se cierne sobre la humanidad bajo la forma de crisis ambientales cada vez más profundas y de pandemias cada vez más virulentas y mortíferas, requiere de un enorme esfuerzo internacional por generar nuevas ideas que respondan a nuevos retos.

La humanidad enfrenta la urgente necesidad de transformar estructuras económicas y políticas y, además, enfrenta la necesidad de hacerlo en el marco de un horizonte temporal reducido. El tiempo para cambiar las cosas literalmente se agota y seguimos desgastándonos en discusiones absurdas que recuerdan los debates escolásticos del medioevo. Para tener posibilidades reales de éxito, este proceso de transformación deberá darse con un sentido eminentemente pragmático, es decir, al margen de posicionamientos doctrinales e ideológicos irreductibles. El debate entre neoliberalismo y estatismo debe ser definitivamente trascendido en el ámbito académico de la economía-política ya que, al menos en los últimos tiempos, ha servido más para estructurar discursos populistas que para ofrecer soluciones efectivas a problemas reales. Lo que el mundo contemporáneo demanda son estrategias de acción gubernamental estratégica que resulten viables y que permitan adaptar y transformar estructuras en beneficio de los ciudadanos y no exposiciones dogmáticas sustentadas en ideas que si bien tuvieron importancia o razón de ser en otros tiempos históricos han dejado de responder a los enormes desafíos que enfrenta la humanidad en los tiempos actuales.

(*) Federico Seyde Meléndez

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma Metropolitana y Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Essex (Reino Unido). Ha desempeñado diversos cargos en el gobierno federal de México y actualmente es profesor en el Instituto Nacional de Administración Pública y en la Universidad Internacional de la Rioja (España).

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